De cuál ciudad y cómo hablar. ¿Y ustedes, por qué no se van de esta ciudad? Es cierto, podrían ustedes responderme con la misma pregunta ¿Por qué no se va usted? La verdad, en mi imaginario, hace veinte años no me habría ido, ahora lo pienso. Por qué no nos vamos, tal vez porque esperamos una vida, unos sueños y consciente o inconscientemente creemos o hemos aceptado que en Cali ¡Nuestra ciudad! Nuestros proyectos son posibles.
Una ciudad es un conjunto de diferencias. Un mundo posible en el que caben configuraciones mentales que expresan diversos modos de percibir, vivir y existir en una cultura. Ese mundo tal como es, no existe: existe el mundo tal como nos lo figuramos y aunque sean los medios de comunicación los que cada vez recrean representacionalmente el mundo, la literatura como patrimonio cultural ha dejado una huella imborrable consolidando mitos de manera tan sólida que han llegado a convertirse con el paso del tiempo en arquetipos fundadores de identidad. Un pueblo definió nuestra nación: Macondo.
La Alejandría de Durrell, el Cairo de Mahfuz, la París de Proust, la Dublín de Joyce, la Berlín de Benjamin, la Madrid de Santos, la Buenos Aires de Cortázar, la Ciudad de México de Fuen-tes, la Nueva York de Henry Miller, la Lima de Vargas Llosa y otras más. Ciudades que han incorporado a su existencialidad histórica, sus pasados literarios específicos junto al patrimonio universal occidental. Una visión de la muerte, del erotismo, del héroe, del mártir, adquieren vitalidad particular dependiendo del ritmo producido por el espacio-tiempo en que son proble-matizadas como temas para un relato.
Cómo nos contamos nuestra ciudad, cómo nos la cuentan. Nos la cuentan los amigos y amigas o el pobre periódico El País o los noticieros locales a diferencia de los nacionales. La ciudad narrada es fuente y producto literario pero también mediático; la gran competencia por la construcción del referente, la ejecutan los medios masivos para hacernos creer que Cali es la suma de fragmentos de noticias que tienen entre 45 y 75 segundos.
Cali, qué decir, escribir o contar de esta Cali. No sabría determinar si es la misma de ustedes. La condenada a la felicidad aparente entre los centros comerciales del Norte o del Sur; o la de los tugurios de ladera complementarios del Valle inundado de lágrimas del viejo y el nuevo distrito de Aguablanca. La Cali Antillana de Valverde, la Cali de Andrés Caicedo q.e.p.d. o la de Germán Cuervo, o la del loco Esquivel, o la del Caballero moderno que es Fernando Cruz. Escritores todos, que con mayor o menor acierto han configurado una memoria para ser leída con lentes de todos los colores. ¿Cuál Cali? La Cali de los hermanos Rodríguez o la Cali de la burguesía caleña que no ha querido construir una ciudad de la cual estar orgullosa culturalmente, o la Cali que sólo conocemos los que nos desplazamos a pie por caminos harto dudosos, e incluso, somos capaces de abordar un bus Villanueva Belén Ruta cuatro, un Verde Plateada ruta cinco o un Transportes (oigan bien la palabra) Recreativos ruta tres; la Cali también de los asesinos de la Papagayo rutas 7 y 8 o la de los bestiales Montebello en todas sus rutas.
Cuál Cali, la del cementerio Jardines del Recuerdo que parece el título para un sueño, o la del fascinante trébol español configurado arquitectónicamente en el Cementerio Central. La Cali del sancocho de gallina en el llamado -paradójicamente- Parque de la Salud o la de los vecinos híbridos de los suburbios estrato 8 de Ciudad Jardín y Pance.
Cuál Cali, la de la Avenida Sexta que se ha convertido en un costoso monumento municipal a la indolencia política por sobre la cual caminan los mendigos de la ciudad latinoamericana. En este pueblo grande se atraca con revólver o ametralladora, pero también con navaja, cuchillo de cocina o de los otros; y el machete, hijo pulcro de las sociedades agrarias, es el sistema de defensa personal más popular.
Resquiescat in pace ciudad soñada, nuestros dirigentes no han soñado con Barcelona, Curitiba, Sevilla o Buenos Aires; ni siquiera han soñado con la nueva Bogotá o con la resurrecta Medellín. Han soñado eso sí, con un gran negocio, el MÍO, un sistema de trasporte masivo para una masa descentrada y desterritorializada que necesita más empleo permanente con opciones para elegir pues el único posible no puede ser el de trabajar en obras públicas de nunca acabar. Si Cali necesitaba o no un sistema de transporte masivo no está en cuestión, el punto era cuándo y qué otras cosas necesitaba con más urgencia; por ejemplo niveles mínimos de bienestar para la mayoría de los caleños para evitar la resurrección ya presente del narcotráfico con todas sus implicaciones, sus minifaldas, sus tacones, sus guardaespaldas y sus estéticas.
Una ciudad como mundo posible no es sólo un ser literario, es también un proyecto político y democrático. Ya en Bogotá han empezado a construir seriamente una utopía de ciudad; no solo en términos de malla vial como aquí, sino en términos culturales, estéticos, educativos y comunicativos.
Ni los Rolling Stones de Andrés, ni la salsa impuesta por una época de los programadores radiales han dado una ficción seria. Pareciéramos condenados a vivir todos los problemas de Bogotá de los años 80, la Bogotá que trabajó incansablemente bajo el supuesto de que una ciudad era una suma de puentes y carreteras aunque tuvieran huecos, para pasado el tiempo empezar a educar a los conductores acerca del uso de las calles y de la ciudad en general. Con las dificultades normales de la vida política colombiana, en la capital han captado la importancia que tienen las diferentes manifestaciones de la cultura, pero también han promovido la reflexión acerca de una ciudad posible llevando a la ciudad a creativos urbanos de diferentes lugares del mundo. Creativos como Tonucci y su bella propuesta de una ciudad para los niños (sintonizado con el país al alcance de los niños de Gabo). Cuándo propondremos una Cali para los niños?
La ficción en una ciudad es entonces lo que se puede pensar de ella, soñar en ella, contar de ella, a partir de ella y a causa de ella; para inventarla, recrearla, enamorarse o enamorarla. Pero la ficción de una ciudad es también la proyección de lo que la ciudad puede llegar a ser. El llegar a ser de la ciudad tiene que ver también con la cultura creativa de los lenguajes visuales, sonoros, audiovisuales y verbales. Bibliotecas, videotecas y otros centros de animación cultural son entonces también necesidad en el plan de desarrollo de una ciudad posible. De qué sirven calles y puentes si no hay ciudadanos en el sentido habitacional, ético y cultural. La ciudadanía pasa por la imaginación, de otro modo se construye una ciudad llena de vehículos raudos en la cual la humanidad se esconde tras las fronteras de los parqueaderos.
¿Ciudad o no ciudad?
En parte esa es la cuestión. Sin embargo, el devenir reciente me ha torcido el camino. Pareciera que la inseguridad fuese la gota decisiva en el bautismo de ese conglomerado humano que sin embargo es inobjetablemente entendido como ciudad tan solo por su número de habi-tantes o por el gigantismo de sus infraestructuras. Sin embargo Cali no es una ciudad, es solo la potencia de una urbe a punto de ser parida, sí, pero de repente también a punto de ser abortada. Una protociudad haciéndose, deshaciéndose y rehaciéndose en el día a día sin continuidad en la planificación urbana ni humana para la construcción de la convivencia.
Desde el principio la seguridad democrática estuvo mal planteada pues conceptual y nominalmente debía diferenciar la seguridad urbana respecto de las otras, dado que la mayoría de los colombianos habitamos estas estresantes ciudades. No quiero decir que haya que abandonar al campo pero la delincuencia común y las violencias cotidianas, sobre todo la intrafamiliar, deben ser objeto de políticas pensadas sobre bases reales y no sobre fines de semana especulativos basados en cifras de policía. La disminución del crimen, no implica el aumento de la seguridad; se ha confundido la vigilancia que es un instrumento posible con la meta que es la Seguridad psicológica, económica, social y económica de los habitantes, de los citadinos en proceso de transformarse en ciudadanos.
El tema de la seguridad urbana ha sido analizado por diversos autores tanto desde la sociología y la antropología como desde la psicología. Sin embargo, en estos días es más un tema mediático-político. La seguridad mediática parece ser la única en juego, se espera que sea eficiente para cons-truir la seguridad psicológica; pero cómo sustentarlo si la sensación de los caleños es que los dueños de la ciudad son la clase más corrupta del país y que los policías encargados de protegernos no desmerecen ante sus patrones.
En todas las sociedades cuando se habla de seguridad, la seguridad es definida por quienes detentan el poder y éstos a su vez son simples víctimas del mercado de alarmas, bloqueos centrales y seguros contra todo riesgo. Los centros comerciales no se quedan atrás son amistosos por dentro e inamistosos por fuera, miren la entrada a Home Center que parece el acceso a una prisión o a un batallón y piensen conmigo, pensemos en cuál es el paradigma de seguridad para una ciudad que no tiene rumbo. Nuestra ciudad es un capullo, somos campesinos urbanos aprendiendo a ser ciudadanos ¿de qué queremos estar seguros? ¿cada cuánto tiempo hemos sido testigos o víctimas de un crimen directo? ¿Cómo queremos que sea Cali cuando crezca? Y sobre todo con cuánta entereza podemos comprometernos a sacar nuestro hábitat del hueco.
Imaginemos una ciudad o un país sin guerrilla y sin narcotráfico y sin paramilitares, cuál sería el mal a combatir: la corrupción, ésa que se esconde detrás de los otros males.
Cali, ya no es lo que era, esa no es mi nostalgia. Lo que se perdió se perdió como el Hotel Alférez o el viejo Batallón Pichincha. Mi nostalgia es nostalgia de futuro, nostalgia de las múltiples Calis posibles, todas mejores que ésta, que la indolencia y la falta de imaginación de los gobiernos han creado.
Óscar Ágredo Piedrahíta
Profesor
Escuela de Estudios Literarios
Universidad del Valle